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Dice B. Bettelheim que para no estar a merced de los caprichos
de la vida, los hombres deben desarrollar sus recursos internos.
"Nuestros sentimientos positivos -sigue diciendo-, nos
dan fuerzas para desarrollar nuestra racionalidad; sólo
la esperanza puede sostenernos en las adversidades con las
que, inevitablemente, nos encontramos".
A las fuentes de la esperanza se llega por el camino de los
símbolos. La escuela es un lugar privilegiado para
la formación en el mundo simbólico. Educar a
los jóvenes en términos de esperanza es fundamental
ante la realidad económica, social, política
y de su propia psicología -de pérdida del mundo
infantil-; la comprensión cabal de la realidad inevitablemente
conduce a la certeza de la finitud humana, descubrimiento
tremendo para quien aún no ha logrado trascender.
Y para llegar a los símbolos, qué mejor ruta
que la literatura. En poesía, la lejanía de
lo cotidiano es proximidad a lo trascendental. Así,
el poeta abandona esta tierra y carga tras de sí infinitos
lectores ávidos de nuevos mundos, o añorantes
de los viejos. En el poema se unen la fantasía y la
realidad, el viejo y el joven, la niña y el niño,
la mujer y el hombre, lo inanimado y lo animado, el ayer y
el mañana; todo es posible. Los sueños del poeta
son, por eso infinitos, como infinitos son sus lectores. Pero
esta posibilidad de trascendencia es también la invención
de mundos posibles donde habita la esperanza.
La literatura es entonces una ruta a la esperanza, a la convicción
de la existencia de un mundo mejor. Más allá
de la miseria, siempre es posible la belleza.
Diciembre de 2001
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