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La Literatura y los jóvenes
Profr. J. Marcelo Flores Chávez
Dice B. Bettelheim que para no estar a merced de los caprichos
de la vida, los hombres deben desarrollar sus recursos internos.
"Nuestros sentimientos positivos -sigue diciendo-, nos dan
fuerzas para desarrollar nuestra racionalidad; sólo la esperanza
puede sostenernos en las adversidades con las que, inevitablemente,
nos encontramos".
A las fuentes de la esperanza se llega por el camino de los símbolos.
La escuela es un lugar privilegiado para la formación en
el mundo simbólico. Educar a los jóvenes en términos
de esperanza es fundamental ante la realidad económica, social,
política y de su propia psicología -de pérdida
del mundo infantil-; la comprensión cabal de la realidad
inevitablemente conduce a la certeza de la finitud humana, descubrimiento
tremendo para quien aún no ha logrado trascender.
Y para llegar a los símbolos, qué mejor ruta que
la literatura. En poesía, la lejanía de lo cotidiano
es proximidad a lo trascendental. Así, el poeta abandona
esta tierra y carga tras de sí infinitos lectores ávidos
de nuevos mundos, o añorantes de los viejos. En el poema
se unen la fantasía y la realidad, el viejo y el joven, la
niña y el niño, la mujer y el hombre, lo inanimado
y lo animado, el ayer y el mañana; todo es posible. Los sueños
del poeta son, por eso infinitos, como infinitos son sus lectores.
Pero esta posibilidad de trascendencia es también la invención
de mundos posibles donde habita la esperanza. La literatura es entonces
una ruta a la esperanza, a la convicción de la existencia
de un mundo mejor. Más allá de la miseria, siempre
es posible la belleza.
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