Letras jóvenes

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Hacia el final de la calle

Aliyali Lortia León
Rocío Rodríguez Torres
Marina Sánchez Ontiveros
3-10

Se dice que en un lejano y solitario pueblo llamado San Felipe, hace aproximadamente unos cincuenta años, sucedió algo bastante extraño.

Cuentan que en esos tiempos vivía en una enorme casa una señora llamada Lucía; era una mujer solitaria y muy rara; era viuda, su esposo había fallecido unos cuentos días después de su boda y ella nunca pudo rehacer su vida. Todos en San Felipe la respetaban muchísimo.

El lugar que más frecuentaba era la plaza y cuando lo hacía, se sentaba en una de las bancas del jardín y se quedaba ahí hasta que anochecía, con la mirada fija hacia el final de la calle, como esperando que alguien llegara, de repente se levantaba y caminaba muy despacio rumbo a su casa, perdiéndose en la sombra de la noche.

Decían las personas más viejas del pueblo que hacía eso porque una semana después de su boda, su esposo, que era médico, tuvo que salir a la ciudad por unas sustancias y unos materiales para instalar ahí, en el pueblo, su consultorio, pero estando allá en la ciudad tuvo problemas con antiguos enemigos y lo mataron.

Lucía que estaba profundamente enamorada de su marido no se pudo ni se quiso hacer a la idea de que él había muerto, prefirió pensar que algún día iba a aparecer desde el final de la calle y por eso, a menudo salía a esperarlo.

Pero el tiempo no pasaba en vano, con el paso de los años, Lucía se convirtió en una anciana enferma y con problemas para caminar, pero aún así, aunque fuera con pasos cortos y lentos, bajaba hasta la plaza para esperar a su esposo.

Un buen día, Lucía llegó hasta la banca donde se sentaba siempre y sintiendo
que ya su vida se le extinguía, rompió en llanto, un llanto amargo y triste, con mucho dolor. De pronto, llorando aún, se levantó y quiso caminar hacia el final de la calle pero sus piernas entumidas y viejas no le ayudaron mucho, apenas dio unos cuantos pasos y se desplomó, cayó y quedó muerta a media banqueta.

Desde entonces, se cuenta que ya entrada la noche, en esa misma banca se ve a una mujer llorando y en el momento que siente que alguien la observa, se pone de pie y camina hacia el final de la calle, despacio, hasta perderse en la penumbra, soledad y silencio de la calle.